Materiales para el trabajo de ampliación de la Guerra de Sucesión en Valencia

LA GUERRA DE SUCESIÓN EN LA COMARCA DE LA MARINA
Enrique Gimenez López. Catedrático de Historia Moderna de la Universidad de Alicante

El conflicto sucesorio es uno de los acontecimientos históricos que despierta entre los valencianos debates vivos y referencias apasionadas, hasta el punto de presentarlo como el «pecado original» que destruyó una hipotética conciencia nacional.

Es por esta razón, amén de otras muchas de carácter científico, que la Guerra de Sucesión en Valencia constituye un campo extraordinariamente atractivo para el historiador y para el análisis histórico. Por una parte, desde el siglo XIII las tierras valencianas no habían vivido una guerra generalizada en su territorio; por otra, la guerra, tuvo una doble dimensión que acrecienta su interés: la de conflicto internacional, en el que se alinean por un lado Inglaterra, Holanda, Portugal y Austria, y por el otro la Francia del Rey Sol, y su dimensión de guerra civil, en la que afloraron las profundas contradicciones que afectaban a la sociedad valenciana del momento.

El reconocido tópico «cada época recrea su historia» se manifiesta con toda puridad al efectuar un somero repaso a la historiografía generada por los acontecimientos valencianos. Sin duda, la obra señera es De bello rustico valentino del padre José Manuel Miñana, contemporáneo de los hechos, que, al igual que la aportación del alicantino Nicolás Jesús Belando, ofrece una perspectiva de la guerra vista desde la óptica del bando vencedor.

Miñana, un trinitario valenciano formado en la exigente escuela historiográfica de Gravina, y desde 1704 catedrático de retórica en la Universidad valenciana, era hombre ligado a la aristocracia filoborbónica, por lo que consideró necesario denunciar las acciones de las turbas populares dirigidas por Baset y subrayar la fidelidad de la nobleza valenciana durante la contienda que, en su opinión, debía protagonizar la nueva realidad nacida del triunfo de Felipe V. Una vez señalado el contexto en que fue escrita la obra de Miñana y las motivaciones de su autor, su máximo valor estriba en que supo situar en el primer plano de su narración el conflicto social de la guerra y, muy especialmente, la cuestión agraria.

Tras Miñana, Belando o los Diarios del también borbónico Ortí y Mayor, muy preocupado este último de los problemas derivados del enfrentamiento del regalismo con prerrogativas de la Iglesia, nos encontramos con la historiografía decimonónica valenciana, en especial Borrull y Villanova quien en 1811, en pleno proceso constituyente gaditano, efectuó un canto lírico y poco histórico de las bondades de los antiguos fueros. Desde Borrull, la cuestión foral sería la protagonista de la historiografía valenciana del siglo XIX.

Habrá que esperar a los años sesenta de este siglo para que la cuestión sucesoria sea objeto de reflexión historiográfica. Pedro Voltes y, sobre todo, Carmen Pérez Aparicio, llevaron a cabo el primer intento de estudio sistemático de la Guerra de Sucesión en Valencia, y que posteriormente tuvieron continuidad en aportaciones de historiadores anglosajones, como Henry Kamen, David Francis o William Peter Frank, o valencianos, Jesús Pradells.

"De l'alçament maulet al triomf botifler" de Carme Perez Aparicio“De l’alçament maulet al triomf botifler” de Carme Perez Aparicio

El eje de sus aportaciones no eran planteamientos institucionales, centrados en el poco fructífero debate fueros sí/fueros no, sino los condicionamientos socioeconómicos y políticos. Sin embargo, son muchos los aspectos que quedan todavía en penumbra, algunos como el que vamos a tratar aquí: el crucial papel que la comarca de La Marina jugó en el desarrollo inicial los acontecimientos.

Los trabajos citados, y otros de menos interés sobre la contienda, hacen una breve referencia al desembarco de tropas angloholandesas en Altea y Denia en agosto de 1705, añadiendo a continuación que esa presencia de fuerzas aliadas en el litoral puso en marcha una revuelta campesina en la comarca que se extendió rápidamente a todo el Reino y posibilitó en breve tiempo su control por los austracistas. Sin embargo, poco sabemos de la realidad valenciana, y en particular de la comarca de La Marina, entre el fin de la llamada Segunda Germanía en 1693 y los acontecimientos de 1705.

Ante esos hitos podemos vislumbrar que La Marina era una sociedad tensionada, y el número elevado de muertes violentas que se anotan en los libros parroquiales de esos años parece confirmar esa sospecha. Sebastián García Martínez se hizo eco de las batallas campales que enfrentaban a grupos y familias de la comarca en los últimos años del siglo XVII y primeros del XVIII, y que convertían a La Marina en una de las zonas más conflictivas del Reino y que más quebraderos de cabeza daba a los Virreyes. Enfrentamientos entre las cuadrillas de los Cholbi, los Cruañes, los Guardiola, los Berenguer y los Ponsoda se producen con una dramática regularidad,y en algunos casos (como el de Juan Ponsoda, dominador del valle de Guadalest)con posibilidad de reunir con facilidad hasta 300 hombres en disposición de tomar las armas.

“Bandolers, corsaris i moriscos” obra de Sebastià García Martinez

La Marina estuvo en el epicentro del movimiento agermanado de 1693. Los campesinos de tierras de señorío consideraron ilegales los derechos que percibían los señores, estipulados en las cartas pueblas firmadas tras la expulsión de los moriscos, y se lanzaron a manifestar violentamente su oposición al régimen señorial.

Es cierto que sólo bastó una carga de caballería de soldados profesionales —la Guardia Virreinal— en Setla de Núñez el 15 de agosto de 1693 para disolver el ejército agermanado, pero las razones que lo habían convocado siguieron presentes, así como la convicción entre los campesinos de lo injusto de los gravámenes que soportaban. Primitivo Pla describe en su estudio sobre el marquesado de Guadalest los numerosos pleitos suscitados por vecinos de Benimantell, Confrides y otras poblaciones del valle con sus señores, y el contenido de sus reivindicaciones que, en el caso de haber sido aceptadas, hubieran supuesto el desmantelamiento de las rentas señoriales.

Entre las noticias que poseemos de trabajos realizados, hay algunas que conviene retener: según Pla, el procurador del marqués de Castellnou, señor de Benimantell y de la baronía de Confrides, Vicent Torres i Ximeno, fue después un destacado austracista; y Carme Pérez Aparicio indica que mantuvo correspondencia con Baset cuando el cabecilla austracista se encontraba en Dénia concediendo la exención de derechos señoriales a todos los lugares que se declaraban favorables a la causa del Archiduque; y María José Sastre y Salvador Alemany han recogido el testimonio de Isidro Planes, que en 1709 se refería al período comprendido entre el fin del conflicto agermanado y el inicio de la Guerra de Sucesión en los siguientes términos:

“Aunque en lo exterior los labradores vivieron quietos en sus casas, siempre les quedaron las esperanzas y deseos de lograr la eccepción de los tributos en adelante si se les ofrecía ocasión”.

Había, por tanto, un terreno abonado, si bien todavía mal conocido, para que las tensiones afloraran nuevamente cuando la coyuntura lo hiciera posible. Cuando Juan Bautista Baset ocupe Dénia, y como representante máximo del Archiduque proceda a la concesión de exenciones tanto de la jurisdicción señorial como de las rentas agrarias debidas a sus titulares, toda la comarca de La Marina se sumará en bloque a la causa austracista.

Pero una cosa eran las proclamas antiseñoriales de Baset y otra muy distinta los deseos de Don Carlos de Austria, de igual manera que no conviene hacer sinónimo la denominación maulet de la denominación austracista. Maulet era el austracismo popular y campesino, movilizado por los planteamientos radicales en torno al régimen señorial que muchos austracistas, entre ellos el propio Archiduque, rechazaban de plano.

proclamació de l'arxiduc Carles d'Austria rei dels valencians a Denia en 1705proclamació de l’arxiduc Carles d’Austria rei dels valencians a Denia en 1705

En enero de 1706, como consecuencia de ello, el pretendiente austracista nombró al conde de Cardona nuevo virrey de Valencia. Cardona era marqués de Guadalest y tenía grandes intereses señoriales en La Marina, por lo que su nombramiento puso fin al movimiento maulet y a la detención de Baset y sus más cercanos colaboradores.

Mientras Baset iniciaba su peregrinaje por las cárceles de Játiva, Dénia y Tortosa, las exenciones otorgadas en los primeros momentos de la contienda fueron revocadas, y los vasallos obligados a satisfacer nuevamente a sus señores las rentas acostumbradas. Cuando tras la batalla de Almansa se produjo el rápido hundimiento del dispositivo militar austracista en Valencia, Baset fue liberado por el Archiduque y encargado de una misión que las circunstancias habían hecho de todo punto imposible: lograr de nuevo el apoyo del campesinado de La Marina.

Por tanto, la cuestión señorial, como prolongación de los sucesos de 1693, es un primer aspecto de la Guerra de Sucesión en La Marina. Pero debemos valorar otros no menos importantes, como el impacto que en los habitantes de la comarca tuvieron los alardes navales que, en contraste con la indefensión de la propia Marina y de todo el reino, efectuaron los aliados angloholandeses en 1703 y 1704 en la costa mediterránea.

Una fuerza naval impresionante, formada por más de 50 embarcaciones, visitó La Marina en 1703 y 1704. Las autoridades borbónicas, en especial el marqués de Villagarcía, virrey de Valencia, procuraron que la noticia no se propagase, enviando alguna tropa de la caballería a la zona de Altea.

Toda la información a la que he tenido acceso indica que el virrey centró toda su preocupación en la existencia de un peligro exterior, sin llegar a considerar la probabilidad de una movilización de amplios sectores valencianos en favor del Archiduque, y muchos menos un levantamiento popular en La Marina. El testimonio del asesor de la gobernación de Játiva, Damián Cerda, comisionado por el Virrey para recorrer la comarca en mayo de 1704 y pulsar el estado de ánimo de sus habitantes, hacía hincapié en la absoluta tranquilidad que había tenido ocasión de observar en su viaje:

“…habiendo, por los encargos de V.E. transitado por los lugares más principales de las montañas, y hasta Vall de Guadalest, Villajoyosa, Finestrat, Relleu y otros, les considero con gran quietud y seguridad sin que haya podido comprender la menor noticia de infidelidad ni desasosiego”.

No parece que esta visión de La Marina en 1704 se correspondiera con la realidad, pero esa misma imagen tranquilizadora será la que transmitía el virrey tanto a Felipe V como a su Consejo de Aragón. Las ciudades y villas valencianas habían contribuido a financiar un tercio de 600 hombres enviado a la defensa de Cádiz, y la Generalidad había efectuado una solemne declaración el 8 de julio de 1704 que finalizaba con una fervorosa declaración de lealtad a la casa de Borbón: «nunca faltarán a su amor y fidelidad hasta verter la última gota de sangre en defensa de Su Magestad».

escut d'Altea amb l'àguila bicèfala imperial dels Austriesescudo de Altea con el águila bicefala imperial de los Austrias

Tras haberlo hecho en mayo, el 17 de junio de 1704, festividad del Corpus, recalaba frente a Altea la flota aliada de regreso a Lisboa. La escasa tropa existente en la villa, tras efectuar algunos disparos desde la torre de Cap Negret, se retiró a Callosa d’Ensarriá. La escuadra estuvo en Altea dos días, destruyó la fortificación de Cap Negret, y fue recibida entusiásticamente por los alteanos.

Sin embargo, las noticias que el virrey recibió de las poblaciones cercanas a Altea eran tranquilizadoras: Calpe comunicó que vecinos armados habían impedido el desembarco de una falúas enemigas; Villajoyosa, en un tono más heroico, señalaba en su escrito al marqués de Villagarcía que las barcas enemigas no se atrevieron a llegar a tierra «por conocer la disposición que estaban para resistirles».

Sin embargo, todo apunta a que en 1704 se estaba forjando una importante red austracista que sólo la falta de medios y una cierta ceguera de las autoridades borbónicas no era capaz de detectar. Sólo poseemos datos aislados, pero que parecen evidenciar que bajo una superficie aparentemente tranquila, se movían con destreza los agentes del Archiduque, como indica el incidente ocurrido en Játiva en julio de 1704, cuando un grupo de hombres, encabezados por un subdiácono, asaltaron en Játiva la casa de un francés y rasgaron un retrato de Felipe V. Sólo se pudo detener al subdiácono porque la complicidad de las gentes hizo imposible efectuar nuevas detenciones.

Más llamativo es el caso de Altea, que podemos generalizar sin excesivo riesgo a toda La Marina. Para la comarca, la guerra iniciada en 1701 con Inglaterra y Holanda había supuesto un duro revés económico por las disposiciones de Felipe V prohibiendo comerciar con las potencias enemigas. Para muchas poblaciones de La Marina, exportadoras tradicionales de frutos secos al Mar del Norte, el cierre del mercado inglés y holandés supuso pérdidas considerables.

la Guerra de Successió a la Marina Baixala Guerra de Sucesión en la Marina Baja

Cuando por vez primera la flota aliada tocó la costa de La Marina en 1703, nadie tuvo excesivos reparos en el litoral para abastecerla de víveres, ni disimular su apoyo. Los niños de Altea desfilaban marcialmente por sus calles dando vivas al Archiduque, y el Consell de la villa, con asistencia de todos los vecinos, había acordado que el Común se hiciera cargo de los gastos que generaran quienes fuesen detenidos por su austracismo. El cierre del comercio decidido por Felipe V en 1701 venía a acrecentar el descontento popular alentado por las heridas todavía no cicatrizadas de la Segunda Germania.

Ese malestar generalizado, precondición necesaria de un levantamiento, fue hábilmente explotado por la acción propagandística y clandestina de los agentes austracistas, tanto los desembarcados en el litoral con ese fin, como aquellos otros que actuaban desde el interior. Para unos y otros La Marina fue su campo privilegiado de acción.

Todos los trabajos realizados sobre la Guerra de Sucesión en Valencia han destacado la importante labor llevada a cabo por los agentes austracistas desembarcados en La Marina, cuya misión era la de ganar adhesiones a la causa del Archiduque y coordinar un levantamiento popular. Sin embargo, a la hora de establecer la personalidad de aquellos hombres y de datar sus operaciones en territorio valenciano, se produce una notable confusión, sobre todo en las referencias a los dos agitadores más conocidos: Juan Baset y Ramos y Francisco García de Avila.

De Baset podemos afirmar que en 1704 desembarcó en Altea, desplegando de inmediato una frenética actividad. Sabemos que mantuvo entrevistas con el párroco y el baile, que solicitó informes sobre diversos individuos residentes en el Reino, y redactó cartas para distintos lugares.

general Joan Baptista Bassetgeneral Joan Baptista Basset

Los interrogados más tarde por las autoridades borbónicas confesaron que Baset portaba una agenda con multitud de nombres anotados, entre ellos los de personajes relevantes de la sociedad valenciana que pasaban por muy leales a la causa borbónica. Ningún dato nos permite afirmar, por el contrario, que Baset se internara en el país en 1704, aunque sí sabemos que en agosto de 1705 desembarcó en Dénia para tomar la plaza tras una acción concertada de grupos de campesinos armados y la flota aliada.

Respecto a Francisco García de Avila, ya el profesor García Martínez deshizo en su comunicación al I Congrés d’Estudis de la Marina Alta un equívoco muy extendido: el que consideraba a García de Avila la misma persona que el cabecilla de la Segunda Gemanía, también de nombre Francisco García. Los informes reservados que llegaron a manos del virrey en mayo de 1704 no dejan lugar a dudas: desde hacía tiempo García de Avila venía actuando como agente austracista en La Marina y en el Alcoiá-Comtat, y las autoridades borbónicas tenían noticia de sus actividades. Sabían que era natural de Gandía, había sido baile de Callosa d’Ensarriá y desarrollaba su actividad conspirativa esparciendo generosas promesas y dinero en abundancia, adquiriendo caballerías o entrevistándose con clérigos y personas influyentes.

Un dato procedente de esos informes no debe pasar por alto: cuando se califica a los individuos con los que contactaba García de Ávila de ser “todas personas de estimación, de buena calidad y sin mácula” se desmiente la descalificación buscada por Miñana cuando hablaba que los agentes austracistas concitaban «la gente más baja de la plebe». Los informes sobre las actividades de García revelan la complejidad sociológica de los apoyos que suscitaba cada una de las opciones que pugnaban por la corona española.

La acción de estos agentes desembarcados en el litoral se complementaba con la actividad propagandística desarrollada por el clero disidente valenciano, del que se ocupó Carme Pérez Aparicio. Una parte nada despreciable del clero valenciano era entusiasta valedor de D. Carlos, y ese entusiasmo, transmitido a su feligresía, actuó como importante factor de agitación, tensando las relaciones entre el Virrey y el Arzobispo valenciano Antonio Folch de Cardona.

La tibieza con que Folch, a juicio de la primera autoridad regnícola, se enfrentaba el problema de la propaganda austracista que se hacía desde parte del clero, deterioró las relaciones entre el marqués de Villagarcía y el prelado valenciano. Incluso Felipe V llegó a amonestar al Arzobispo, amenazándole con la asunción por el Virrey de la jurisdicción eclesiástica si seguía manteniendo una actitud poco enérgica.

Los informes que el Virrey poseía sobre individuos destacados del clero diocesano o sobre algunas órdenes no eran tranquilizadoras: el deán de Játiva, Vicente Piquer, propagaba en la ciudad las tesis austracistas sin ocultarse, y capuchinos y franciscanos eran órdenes mayoritariamente proclives al Archiduque, hasta el punto de que el Virrey amenazaba con expulsar a sus superiores del Reino. La presencia de la flota aliada en la costa hizo que esas manifestaciones se hicieran más habituales y menos tímidas, sin que el Arzobispo actuara con la mano dura que exigía la situación.

No es momento aquí de analizar la rica personalidad del Arzobispo Folch de Cardona, necesitado por otro lado de un buen estudio. Pero debemos señalar que su postura dubitativa en los momentos que antecedieron a la revuelta de 1705 puede ser un antecedente a su adhesión a la causa del Archiduque en 1710 y a su posterior exilio y muerte en Viena en 1724.

Su actitud poco dispuesta a reprimir al clero austracista valenciano en 1704-1705 fue motivo suficiente para que fuera discretamente vigilado por las autoridades borbónicas, hasta el punto de que el Alcalde Mayor de Valencia y Auditor de Guerra Luis Sánchez Ulloa, recopilara entre enero y abril de 1709 informaciones secretas y testimonios reservados sobre la correspondencia que el prelado mantenía con Barcelona o sus contactos con destacados austracistas.

la flota anglo-holandesa a Gibraltarla flota anglo-holandesa en Gibraltar

La presencia casi continua de la flota aliada en el litoral de La Marina entre 1703 y 1705 fue un elemento dinamizador del austracismo. A la postre era el escaparate donde se exhibía la poderosa máquina militar al Archiduque, y frente a ese impresionante alarde de fuerza se hallaba un exiguo poder virreinal.

Ese contraste tan llamativo debió pesar cuando en 1705 muchos valencianos tuvieron que decidirse por uno u otro bando. La indefensión en que se encontraba el territorio valenciano en 1704-5 explica el rápido derrumbe de la autoridad virreinal. En 1704 se planteó la necesidad de fortificar la Hoya de Altea por su elevado interés estratégico.

La desembocadura del río Algar, salida natural de los manantiales de Callosa y Polop, le conferían una gran importancia para la aguada de muchas embarcaciones, pero la falta de medios hizo imposible cualquier proyecto:

“Respecto que por ahora no se puede fortificar porque el tiempo no es a propósito, y la estrechez de la hacienda no lo permite”.

La caballería de la guardia del Virrey era sólo de 25 jinetes, intentándose incrementar su número a 100, lo que suponía un gasto de 4.500 doblones. Tampoco se logró, ya que pocos estaban en disposición de ayudar a quien parecía contar con escasas posibilidades de éxito. Decía el Virrey en marzo de 1705, refiriéndose a una petición de dinero a las corporaciones de Valencia, que “los gremios, que al principio estaban fervorosos, se han entibiado»; en mayo se intentó obtener fondos de los interesados en construir un pantano en Onteniente, no lográndose nada , y el Consejo de Aragón mostró su disposición a elevar a villa a aquellos lugares del Reino que lo solicitaran a cambio de un donativo. Nadie lo solicitó pues, en opinión del marqués de Villagarcía, «.

A esa endémica debilidad que afectaba a la primera autoridad valenciana se sumaron graves errores de cálculo. Villagarcía estaba convencido que el desembarco aliado, caso de producirse, se efectuaría por Peñíscola, dado su proximidad a Cataluña. En función de esa hipótesis destinó a aquella plaza las escasas fuerzas a su disposición, lo que contribuyó a que Peñíscola no fuera tomada nunca por los austracistas y se mantuviera en todo momento borbónica , pero favoreció el desembarco de 1.500 soldados en Dénia en agosto al tiempo que se producía un levantamiento campesino en La Marina.

No haré un recuento de los acontecimientos, pero sí señalar que en septiembre llegaban cerca de Dénia 1.800 soldados de caballería procedentes de Castilla al mando del mariscal de campo Luis de Zúñiga, y un regimiento de caballería catalana de 200 hombres al mando de Rafael Nebot, destinado a controlar La Marina. El resultado fue catastrófico para los intereses borbónicos. El 23 de noviembre de 1705, el Consejo de Aragón se hacía eco de los excesos por Zúñiga que inclinaban a muchos indecisos hacia el bando austracista:

Si D. Luis de Zúñiga hubiese ido a socorrer aquel Reino con tropas propias y pagadas de su dinero, aun se pudiera tener por exceso todo lo que obra; y siendo aquellos Comunes los que pagan, gastando cuanto tienen por el amor que profesan a la Real persona de V.M., se hace muy reparable que les disguste este caso, usando con ellos de las impertinencias que ejecuta, no dándole en tratamiento que por su autoridad han merecido a todos los personajes de superior jerarquía. A que se añade el no haber querido recibir sus pagamentos en vellón, sino que prertendido que ha le diesen en plata doble, causando gran prejuicio a los magistrados, y también ha alojado a toda costa el regimiento de D. Rafael Nebot no obstante que le sustentan dichos Comunes, y a más de estos ha obligado a excesivas contribuciones y repartimientos a las ciudades y villas, de que se sigue un gran clamor, y estos procedimientos tan poco prudentes y cuerdos no pueden producir ningunos buenos efectos hacia el Real Gobierno de V.M.

Durante la guerra, Dénia y Alicante fueron las plazas de mayor importancia estratégica para los austracistas. Cuando se hundió el dispositivo aliado en abril de 1707, sólo estas dos plazas resistieron el embate del ejército borbónico por el interés que para Inglaterra tenía el mantenimiento de estos dos puertos como cabezas de puente para una hipotética reconquista del país o, en todo caso, aliviar la presión que el ejército de Felipe V ejercía sobre Cataluña.

No fue posible por una doble razón: la falta de coordinación entre los ingleses y los austracistas valencianos, y la falta de apoyo de la flota británica a los sitiados en Dénia y Alicante, ya que los esfuerzos de la marina inglesa se centraban en la conquista de Cerdeña y Menorca.

Dénia, defendida por 360 españoles, 180 ingleses y 200 miqueletes, fue ocupada en noviembre de 1707, cuando ya se había producido la represión institucional. En la nueva realidad administrativa nacida del triunfo borbónico, La Marina quedó incorporada a los corregimientos de Játiva, ya rebautizada como San Felipe, y Alcira. Denia, al ser población de señorío, sólo contó con un gobernador militar dada su condición de plaza fuerte. Únicamente se pretendió modificar esa realidad en 1721, cuando el capitan general duque de San Pedro intentó dar mayor racionalidad al mapa administrativo valenciano.

Por lo que toca a La Marina, el capitán general proponía unir en una sola demarcación corregimental a toda la comarca, situando su capitalidad en Villajoyosa, que era población de realengo. Su corregidor no sería, por tanto, el gobernador militar de Dénia, sino un letrado nombrado a propuesta de la Cámara de Castilla. Sin embargo este y otros proyectos de reforma la administración valenciana no cuajaron, y ésta se mantuvo inalterada en lo fundamental hasta la crisis del Antiguo Régimen.

Materiales para Trabajo Guerra de Sucesión en Valencia

 
Decretos de Nueva Planta y reacción valenciana
 
 
JOSÉ VICENTE GÓMEZ BAYARRI
Cabe recordar que los distintos reinos y territorios que configuraban la monarquía española hasta el siglo XVIII habían conservado una organización propia sometida a un rey. Con la abolición de las autonomías políticas a raíz de la Guerra de Sucesión a la Corona de España entre los partidarios de los Austrias y de los Borbones, y la promulgación de los Decretos de Nueva Planta durante el reinado de Felipe V, se transforma la situación política del Estado, perdiendo el Reino de Valencia la totalidad de sus instituciones, “els Furs’’ (1707).

Una serie de Órdenes y Decretos emanados del poder central tendrán como objetivo esencial la uniformidad y castellanización de Estado. Su estructura se semejará cada vez más a un Estado unitario. El documento promulgado por Felipe V, en Buen Retiro, por el Decreto de 29 de junio de 1707 que recoge la “Derogación de los fueros de Aragón y Valencia”, es elocuente para comprometer y valorar mejor la nueva situación política del Reino de Valencia, emanada de la aplicación de dicho Decreto.

Las consecuencias y reacciones originadas en los aspectos políticos, socioculturales y sociolingüísticos no se hicieron esperar. De nada sirvieron las respetuosas súplicas del pueblo valenciano que veía perdidas las libertades forales instituidas por el rey Jaime I. El monarca Felipe V, vencedor del conflicto sucesorio, originado a la muerte de Carlos II, decretó y mantuvo la derogación de los fueros vigentes e instituciones tradicionales que se habían ido creando desde el siglo XIII. Entre otros actos, se procedió al cese de justicias y jurados, se disolvió el popular Consejo General, se suspendió el derecho foral valenciano y se formaron ayuntamientos al estilo castellano. Para completar la desvalencianización del Reino, el idioma de Castilla fue reemplazando paulatinamente al propio, valenciano, en todos los actos de la vida oficial.

La actuación de muchos regidores valencianos, prestos a cumplir estrictamente las órdenes emanadas del poder borbónico, coadyuvó a conseguir los objetivos marcados por el poder central.

No todo fueron parabienes para la política centralista impuesta por los Borbones, ni siempre los gobernantes fueron ejemplos de virtudes, lo que originó que el pueblo llano manifestase su descontento acudiendo, en ocasiones, a la sátira política para denunciar la actuación de ciertos personajes corruptos en el desempeño de su función gubernativa. Las manifestaciones de descontento tenían su vía de expresión en pasquines, folletos, gacetillas. Se llegó a afirmar: “En España […] empiezan el oficio pobre y en breve tiempo se hacen ricos. A Valencia vienen sin ropa y en pocos días abundan de dinero, familia y conveniencias”.

Con motivo de la proclamación de Fernando VI (1746) se prohibió que se cantaran cantinelas y coplas injuriosas, y que se publicasen “papeles infamatorios […] contra personas de carácter y empleos públicos”.

Fueron años en que la situación política era propicia a la inspiración de la denominada literatura popular clandestina, poniendo de manifiesto el malestar reinante en parte del pueblo llano y de cierta intelectualidad. Esta sátira burlesca, paródica y sarcástica abordó temas clásicos del mal gobierno: el fraude, el enriquecimiento ilícito, la violencia, etc. Otras cuestiones muy criticadas en la Valencia del siglo XVIII fueron los impuestos, el servicio militar, el poder de ciertos jefes del ejército, la arbitrariedad administrativa, etc., muy extendidas en el nuevo régimen político borbónico.

El historiador decimonónico Vicente Boix, al estudiar los fueros del antiguo reino de Valencia, se interrogó qué resta ya del antiguo régimen foral del Reino de Valencia? La respuesta fue patética: “El tribunal de los Acequieros, o de las aguas; algunas costumbres populares; restos de trages [sic] en nuestros labradores, y nada más. Todo ha ido desapareciendo desde que Felipe V abolió despóticamente la libertad de Valencia”. Para dicho cronista de la ciudad de Valencia “leyes, costumbres, tradiciones, dignidad, independencia; todo ha desparecido en el fondo de esa laguna, llamada centralización”.

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